El vecinito

Frente a mí se presentaba el peludo culo hermoso del vecino, abierto de par en par y, bajo él, la boca de mi mujer que le pasaba la lengua por el orificio como una serpiente mojada. La cabeza de él se hundía entre las piernas de mi esposa, y ambos se agitaban como epilépticos. Aquel culo esplendoroso, abierto de par en par, me causó un temblor en todo el cuerpo, y mi glande empezó a derramar el brillante líquido que precede a una gran eyaculación.

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Con cuidado, me saqué el pene de su prisión y empecé a masajeármelo con lentitud, tapando y destapando el capullo con suavidad. Debía aguantar la respiración para no ser descubierto.

En ese momento ambos se incorporaron. Él la puso a cuatro patas con la cabeza hacia la puerta, donde yo me hallaba, y vi cómo de un golpe seco se la insertó en el chocho como un perro. Aquel pollón –muy superior al mío en todos los sentidos- hacía que mi mujer se relamiera los labios, poniendo los ojos en blanco. Y yo, lejos de sentir dolor o celos, me retorcía de gusto detrás de la puerta. Tanto estaba disfrutando, que se me dobló un tobillo y, ¡zas!, caí hacia delante sobre la hoja entornada de la puerta la cual, con fuerte estrépito, quedó plenamente abierta como si fuera el telón que inicia el acto final de la tragedia. ¿Tendría un final feliz?

Y allí estábamos los tres. Mi mujer como una perra empalada viva, el vecino en pelotas con cara de gusto, y yo, de pie con la polla tiesa.

Por un momento se hizo un silencio sepulcral. Ellos quedaron inmóviles, con cara de quien no puede contener el orgasmo. Yo, frente a ellos, con el pene enhiesto en la mano.

Creí que debía ser yo el que rompiera aquel silencio. Y dije:

-Por favor, no os corteis, no pasa nada, continuad.

Pero ella quiso zafarse, muerta de vergüenza. Entonces él se lo impidió, cogiéndola por los hombros y clavándole el miembro hasta los cojones.

Yo me acerqué a la boca de mi mujer y se la metí todo lo que pude. Ella se volvió como loca y me la absorbía con rapidez, y pude adivinar que se estaba corriendo. Pero el vecino seguía empujando y me clavó los ojos mientras se le dibujaba una media sonrisa.

Mi esposa siempre disfrutaba de dos o más orgasmos seguidos, y seguía moviendo el culo sobre el descomunal miembro de aquel semental. Gritaba como nunca yo la había oído antes.

Se la saqué de la boca porque, aunque me sentía a punto de explotar, no deseaba acabar tan pronto con aquella situación maravillosa. Me coloqué detrás del follador para observar aquellas nalgas poderosas, velludas, que se agitaban como flanes tras cada embestida. Tanto me gustaba verlas que, sin darme cuenta, alargué una mano y acaricié una de ellas.

Él se volvió, me miró sonriente por un momento y continuó su trabajo de metesaca. Yo tampoco me corté y, llevado como de un éxtasis, apreté aquellas dos masas carnosas, las sopesé, las exprimí y, luego, acercando mi cara, comencé a besarlas. Me volví como loco. Olían a sudor y a otra cosa más fuerte y picante, un olor a sexo puro que me embargaba.

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